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Lunes, 29 de Mayo de 2017

¡Ascensor a los cielos!

Se llama…

Bueno, no importa. Pensándolo mejor, a él tampoco le habría gustado que escribiéramos aquí su nombre.

Lo importante es que nos pudimos ayudar. Él a nosotros y nosotros a él.

Trabajábamos en la instalación de un ascensor en su edificio y nos conocimos. “Tengo un problema”, nos dijo. “No voy a poder ir a misa hasta que no finalicéis la obra”. Nuestro amigo peina canas desde hace mucho tiempo y, además, está en una silla de ruedas.

“Eso no es un problema”, le respondimos.

Y cada domingo, hasta que la obra estuvo finalizada, uno de nuestros técnicos acudió al edificio para ayudarle a bajar las escaleras (y luego a subirlas) y que pudiera ir a profesar su fe.

Nosotros encantados, porque, de paso, pudimos profesar la nuestra en las personas.


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